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La hamaca y los colibríes. Novela de Karine BaridonCapítulo 5 —
¡Hold on!
Epígrafes
El Vikingo — Yes! This is life!
Yo — Yes! No brakes?!
Puestos a palmarla, mejor acabar entre las estrellas…
La gaviota — Kaii = ¡Absurdo!
🎧 Audiolibro (en francés) — Capítulo 5, ¡Hold on!
El texto
Traducción de trabajo, pendiente de revisión por un hablante nativo.
Palmeria, el viento, el mar, el Vikingo y yo.
Bueno, ¿cuánto llevamos…? ¿Una, dos semanas juntos? Y el Vikingo, ultraentusiasmado, me suelta — I go get my catamaran!
Yo, divertida — ¿Tu catamarán? ¡Faltaría más!
¡Pues sí! Vuelve con un hobbit-cat de regatas. Un mini-kat en kit, fabricado por los trolls. Un drakkar deportivo, para entrenarse para la Route du Rhum*.
Al día siguiente, lo montamos delante de la rampa de botadura. Él, hiperconcentrado. Yo, hiponovata. Sus instrucciones escasean, así que mi mente divaga. Miro los barcos, las gaviotas, las nubes, escucho el viento, sueño…
El Vikingo ¡me llama al orden! — Ready to launch?
Yo — Ready!
Él — One, two, three, push!
¡De lujo! Sube a bordo con la soltura de un vikingo nacido en el agua… Pero el viento empuja el hobbit-cat de vuelta hacia el muelle. Si los flotadores rozan el hormigón, el barco va a salir mal parado.
El Vikingo me mira y me suelta — HOLD ON!
Yo (no he oído esa palabra en mi vida) — ¿¿¿¿Perdona????
Él — HOLD ON! HOLD THE BOAT!
Yo — What is “hold on”?
Por suerte, hace mímica…
Por desgracia, no soy bilingüe en mímica.
Así que, dócil, yo hold. Solo que, en realidad, no hold nada de nada. Agarro el flotador de delante. ¡Ay! ¡Mecachis! La parte de atrás del barco gira y amenaza con rozar el muelle.
Él — NO, GO BACK!
Corro hacia atrás, agarro el flotador y, claro… la parte de delante gira. ¡Qué mala pata!
Él — NO, HOLD ON, HOLD! GO FRONT!
Vuelvo a la parte de delante. Yo hold. El barco pivota, yo zigzagueo, bailamos. ¡Un tango perfecto!
Por suerte, bailar, eso sí que sé. No sé muy bien adónde nos va a llevar todo esto, pero no he perdido mi juego de piernas, ni mi sentido del ritmo. Paso chassé derecha-derecha, paso chassé izquierda-izquierda… ¡Ya nos quedamos más tranquilos!
El capitán Cumbres Borrascosas* — NO! NOT HERE! THERE!
Una gaviota se queda suspendida de cara al mistral, justo encima de nosotros. Lo confirma — ¡Kaiii! = ¡exacto! Y me indica la dirección — ¡Kaii kaii! = ¡por ahí!
Al instante, veo la escena a través de sus ojos. Visto desde arriba, el hobbit-cat parece la aguja de una brújula que busca el norte. Ligero como una pluma, zarandeado como un corcho, las olas lo traen a mal traer. Sus dos cáscaras de nuez derivan peligrosamente hacia el muelle. Para evitar el desastre, el capitán Todo-Rojo, pelo volován, lanza órdenes a su grumete, que zigzaguea como un cangrejo de competición.
Abajo, voy y vengo en modo medio pánico, medio ataque de risa. Este movimiento de metrónomo me devuelve de golpe a la misma sensación que tenía de pequeña… ¡Flashback instantáneo!
Con mi hermana pequeña, hacíamos dos castillos de arena enormes a 25 metros el uno del otro.
— ¡La primera que consiga aplastar uno de los dos gana!
A la de tres, cada una salía de un montículo y corríamos como posesas para saltar muy alto y caer con los pies juntos sobre el castillo de enfrente. Luego media vuelta y vuelta a empezar en sentido contrario, sin parar. ¡Era tan cardio como eufórico! Nos reíamos tanto al cruzarnos que nunca llegábamos al final del juego. Siempre acabábamos revolcándonos por la arena, muertas de risa, sin aliento, con el corazón desbocado.
El cuerpo tiene memoria. Cuanto más absurdo, más me río. Mis idas y venidas desenfrenadas han despertado mi magdalena de Proust*. Me ha entrado la risa floja, ya no puedo parar.
Por su parte, el capitán Haddock ha entrenado a su hija para las regatas desde pequeña. Se ha convertido en su compañera de tripulación más curtida. Enternecido por mis reflejos de principiante, ¡es tan paciente conmigo como lo era con ella! Ve perfectamente que, para mí, esto es solo un juego. ¡Y a él le encanta jugar! Mi ataque de risa le recuerda al de su querida hija y le llega directo al corazón. ¡Irresistible! Una sonrisa de ángel le ilumina la cara, su mirada vigilante chispea. ¡Se echa a reír conmigo!
Al final, ¡nada sustituye a la experiencia! El viejo lobo de mar consigue estabilizar a la bestia y separarla del muelle. Hop, subo a bordo y ¡vamos allá, que es gerundio!
Bueno, casi… porque, para mi gran asombro, el mistral nos lleva a la deriva, bastante despacio, pero muy seguro, derechitos hacia un yate de lujo de 50 metros de largo y 4 metros de alto. ¿Seguro que es el de los Beckham* o el de Beyoncé*? Sin remo, sin cabo, sin chalecos, parecemos dos bolsas de plástico en un patín de pedales. Salvo milagro, nos vamos a estampar contra su casco ¡antes incluso de salir del puerto!
Y durante ese tiempo suspendido… Me tiene completamente hipnotizada su casco reluciente, azul noche y blanco nacarado. Solo tengo una idea en la cabeza: acariciar su pintura con purpurina en 3D. Cuanto más nos acercamos, más admiro esos pigmentos de mica que atrapan la luz como una joya sobre el agua. ¡Qué maravilla! ¡Puestos a palmarla, mejor acabar entre las estrellas!
Por suerte, el amo del timón ruge con firmeza para mantener el rumbo — HOLD ON!
Yo — ¡Y dale! ¡Otra vez con lo mismo!
Entonces, por reflejo, cierro los ojos, estiro los brazos, en plan Wonder Woman*, y absorbo el golpe en lugar de los flotadores, que giran sobre sí mismos y esquivan por los pelos el casco inmaculado.
Abro unos ojos maravillados, con la nariz pegada al casco, que, visto de cerca, parece el universo estrellado. Dios protege a los inocentes. ¡Nos ampara la Inmaculada Concepción!
— ¡Gracias, María, llena eres de gracia y de purpurina, protectora de los marineros!
El tío del puerto llega en zódiac y nos suelta:
— Bueno, pareja de payasos, os remolcamos.
El Vikingo atrapa la amarra al vuelo y, en cuanto pilla el viento, suelta el cabo, se pone a maniobrar a la velocidad del rayo y luego me deja en el muelle en un pispás.
Él — WAIT HERE!
Yo — ¿Ya se ha acabado? ¿O es que… no he pillado el concepto?
Y se vuelve a ir directo a probar su barco por el puerto, antes de hacerse a la mar. Lo miro hacer sus maniobras de flipar con una gracia insospechada. Giros de 180 grados, el viento cogido a la perfección, deslizamiento felino en equilibrio sobre un solo flotador… El barco cruje, pero aguanta. Justo en ese momento me doy cuenta de que nació en un drakkar. Hijo del mar, navegante de alma, habla con el viento y doma las olas. ¡Es-un-pro!
Vuelve a por mí y me sonríe con la despreocupación de un viejo zorro de los océanos, encantado de haber podido jugar con su nuevo drakkar de dos cascos, en medio de un mistral de mil demonios. Lo miro boquiabierta, a punto de pedirle un autógrafo. Totalmente tranquila, me pongo a ciegas en manos de mi Tabarly* nórdico, que empieza de verdad a parecerse a mi sueño nómada. Mi corazón novelero vuelve a latir…
Salimos del puerto… Y entonces, de golpe: ¡mistral a tope! ¡El barco vuela, literalmente! Sin arnés, agarrados a un cabo de trapecio, ¡vamos colgados de nuestro destino! Planeamos. Reímos. Gritamos… ¡Eu-fó-ri-cos!
El Vikingo — YES! THIS IS LIFE!
Yo — Yes! No brakes?
Tiempo suspendido. 100 % adrenalina. ¡Un subidón total!
¡Las olas, el viento, la vida!
¡Azota, empapa, emborracha!
¡Me en-can-ta! ¡Esto es la aventura!
El corazón se me desboca, la alegría me invade,
ME SIENTO… ¡¡¡LIBRE!!!
Mi patrón del Gran Norte está en su elemento. El aire del mar le sienta de maravilla. Me sonríe y me besa con pasión. ¡Mamma mia, cómo me gusta este sabor a yodo!
¡Estoy viviendo mi sueño! Me enamoro en el acto. ¡No hay película romántica que iguale mi felicidad! No hay nadie más acaramelada que yo en todo el mar. El corsario parece conquistado, ¡increíble! ¡Qué orgullo!
Por suerte, a esta velocidad, nadie se da cuenta de nada. De lejos, el hobbit-cat parece un destello blanco que pasa y vuelve a pasar, inclinado sobre un solo flotador, con dos contrapesos en equilibrio precario que salen volando con cada ola. ¡Nos lo pa-sa-mos bom-ba!
Al cabo de una hora a toda velocidad, aviso de temporal. El tiempo se pone feo, la lluvia nos acribilla. Empapados y a mil por hora, empezamos a tener frío.
Él — Ok. Volvemos.
No hay sitio en el puerto. Ni cuerda. Ni plan. ¡Los peregrinos de alta mar, que han desafiado los océanos, vuelven a tierra todos mojaditos!
Acabamos los tres en la playa, con un tío de por allí, empujando el dichoso cata por la arena. Ligero como una gaviota de 250 kg, lo que quiere es volver al mar. Está hecho para la velocidad, las races, las regatas. Parado, no es más que una cáscara vacía, zarandeada por el viento. Si las olas lo empujan demasiado fuerte, ¡se hace añicos!
La escota se ha roto, la vela flamea y azota el aire con un chasquido seco y repetido, como una bandera que restalla. El coloso nórdico lucha para no llevarse un bofetón de ida y vuelta y perder el control del navío. Barrida por rachas de 30 nudos, la vela se rebela y se le escurre entre las manos. Pero el heredero de Odín* es más terco que ella y la atenaza entre sus pinzas para cambiar la escota antes de que el cata acabe en catástrofe.
Mientras tanto, el tío de por allí y yo sujetamos el barco, que las olas zarandean. Parece que sabe lo que hace. Así que hago lo mismo.
Al final, nada se resiste a la fuerza del Vikingo. Salta al agua y, entre los tres, empujamos con todas nuestras fuerzas, luchando contra la corriente, para subir el barco a la playa.
Agotados, empapados, sin aliento, ¡pero el hobbit-cat se ha salvado sin un rasguño!
El patrón de los Diques Intrépidos me mira, tan tranquilo, y me suelta:
— Well… maybe we can't use it that much?
Una gaviota pasa — Kaii = ¡Absurdo!
Sonrío — Maybe, Baby… Indeed, Unforgettable.
Vuelta al camping. ¡Borrachos de mar, borrachos de amor, borrachos de vida!
Pequeño balance, con una cerveza en la mano, de nuestra primera aventura amorosa a 100 por hora. Nos reímos con ternura de las situaciones absurdas que hemos vivido juntos, con el mistral y los malentendidos lingüísticos de fondo.
Yo — What is “hold on”?
Él, con mímica — Mano plana = hold on.
Que no hay que confundir con:
— mano en gancho = catch.
Yo — ¡Ah, vale! Hold on = ¡sujetar!
Una gaviota pasa — Kaiii = ¡por fin!
— Kaiii Kaiii = ¡más vale tarde que nunca!
Nunca lo he olvidado.
Mi cuerpo aguantó.
¡Mi corazón late más fuerte!
Al caer la noche… En plena pasión.
¡¡¡¡DRIIIIING!!!!
Yo — ¿Sí? ¿Papá?
— ¿Que por qué hablo bajito? ¡Es que no estoy sola! …
— No, no puedo hablar más alto.
— ¡No, tampoco estoy embarazada!
— ¿Quieres darle las buenas noches?…
— Mejor esperamos un poco… para estar segura…
Miro al Vikingo…
se ha dormido…
¡como un angelito!
Nunca he necesitado la píldora, por si se me hubiera pasado por la cabeza. Mis padres son el mejor anticonceptivo. ¡Cero vida sexual garantizada!
¡El domingo es Show!
El periodista — Os conocíais desde hacía dos semanas, ¿y te lanzaste?
La autora — Me enamoré de él. Es el gesto más humano del mundo. Guapo, arrollador. Sabía que quería vivir una historia bonita con él. Cuando quiero, me lanzo. De hecho, eso fue lo que le gustó. Nos lanzamos los dos. Dos apuestas en la misma mesa.
El periodista — ¿Y qué le propones al lector?
La autora — Que invente una palabra en vikingo y la represente con mímica: los demás adivinan qué quiere decir en su idioma. En vídeo, en foto o en dibujo*.
El periodista — Pregunta para el Vikingo: tú que eres políglota, ¿qué tal era su acento en inglés?
El Vikingo — Oh, simpático, surrealista, pero simpático. Digamos que pasó por metamorfosis interesantes. Sobre todo nos tocó la stupid french woman de ¡Allo, allo!*
— Listen very carefully, I shall say this only once!
¡Más frenchy que nada de lo que había oído en mi vida! Parecía Michelle, la de la Resistencia*, la rubia del coronel. ¡Metía la pata de la mañana a la noche!
— Good moaning!
Era genial de verdad, confundía llenar y vaciar, sujetar y agarrar… Y al final de la noche, de tanto concentrarse, tenía una pinta un poco rara, con media cara caída, un poco como si le hubiera dado un ictus.
El periodista — Entonces, al final, ¿lo consiguió, ese acento?
El Vikingo — ¡Jamás! Lo intentó todo, de verdad, en nuestras conversaciones y fuera de ellas. Por eso, más tarde, en la fiesta del rock, cuando empezó a hablarme en provenzal con acento pied-noir, ¡me pareció francamente poco convincente!
El periodista — Un acento pied-noir… qué casualidad, tu familia espera entre bastidores.
El Vikingo — ¿Tu padre también? Entonces me quedo con mi asiento junto a la salida.
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Un corazón, ¡para decirme si te ha gustado!
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Temas del capítulo
aprender a navegar en pareja · malentendido de idioma en una pareja · hablar inglés con un extranjero · vacaciones con un nuevo amor · reírse de una misma cuando todo sale mal · catamarán deportivo



