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La hamaca y los colibríes. Novela de Karine BaridonCapítulo 13 —
Saga La Montaña
Parte 1

Epígrafes

¡Odio la montaña!
¡Solo con oír la palabra “montaña”, me quedo helada!

El texto

Traducción de trabajo, pendiente de revisión por un hablante nativo.

En el Sur, en el trabajo, una mujer se tumba en mi camilla de masaje.

Ella — Soy médium. Tengo un mensaje para usted.

Yo — … (No hay escapatoria. Ya tengo las manos llenas de aceite.) … La escucho.

Ella — Ustedes son llamas gemelas…

Yo — ¿¿¿??? (Si usted lo dice…)

Ella — Ustedes ya se conocen… Están aquí para revelarse el uno al otro.

Yo — … mmm… (¡Primero tendríamos que entendernos!)

Ella — Usted no se lo cree.

Yo — … (¡Ya me gustaría creérmelo! ¡Pero no estoy convencida, para nada-para nada!) Anoche tuvimos una agarrada. Le entró el pánico en un tren. Creía que ya estaba arreglado, pues parece que no: volvió a la carga.

Ella — Me dicen… que no es fácil, pero que la quiere con locura…

Yo — …

Ella — Usted lo pidió: ¡usted lo recibió! (¡Qué morro tiene!)

Ella — ¡Atención! (Ya estamos. Las médiums siempre tienen algo que da yuyu. ¡Y luego les extraña que no queramos oír nada!)

Ella — Usted da… a todo el mundo… Pero piense también en usted… …

Yo — … (Y se calla.) ¿¿¿??? … Gracias.

Ella — Un placer. Había que transmitir el mensaje.

Pues nada. Llegó con lumbago. Se fue liberada. Solo me ha pasado el muerto. ¡Yo no he pedido nada! Bueno, sí: la víspera, antes de dormirme, había pedido que me iluminaran. ¡A ella no, por suerte! Más arriba.

Por la noche, le cuento la anécdota al Vikingo.

Él — ¿Una qué?

Yo — Una médium.

Él — ¿Que te dijo qué?

Yo — Que éramos llamas gemelas.

Él — ¿Unas qué?

Yo — Que me quieres con locura.

Deja la cerveza, no dice nada durante 3 segundos, lo cual, en él, constituye un acontecimiento geológico.

Él — ¡Bah! ¡Tonterías, no la necesitamos a ella para saber lo que sentimos! ¡Aunque, oye, no le falta razón! (Soy la mujer más feliz del mundo, pero solo durante un segundo.)

Dos días después.

Él — ¿Qué médium?

Yo — La del masaje. Dijiste que tenía razón.

Él — Yo nunca he dicho eso. ¡Eso te lo inventas tú! ¡No creo en las médiums, son unas charlatanas! ¡No sabe lo que yo pienso! Voy a llevarla a rastras ante el Thing.

Pues eso. ¡Me vuelve loca! Puede decir una cosa y la contraria sin pestañear. Misma labia, mismo aplomo. ¡Y yo ya no sé qué pensar! Única certeza: parece convencido. ¡Me ha tomado por una goma elástica! Tira, suelta, ¡y me da en los dedos! Me digo: ¡¡¡cuidaíto!!!

¡Demasiado tarde! Tenía que haberlo hecho cuando el verano estaba en pleno apogeo y yo trabajaba por mi cuenta, cuando me dijo: «¡Deja tus acompañamientos, haz solo masajes!»

Yo — Sonrío… ¡Gracias, pero no! ¡Desde la barrera, todos son toreros! Llevo meses preparándolo todo…

Un mes más tarde, después de darme amablemente mil y un consejos que nadie le había pedido, un poco cansada de discutir, cedo para que deje de presionarme. Es como mi madre, no suelta el hueso. Pienso en mi hermana. Más vale ser libre que tener razón. El problema es que yo no soy mi hermana. Ella dice sí-sí, pero hace lo que le da la gana. Yo hago lo que él quiere, ¡pero con muchas dudas, eso sí!

¿Tú crees?… Error de principiante. Adiós a los acompañamientos, me centro en los masajes. El verano pasa como un largo soplo cálido, trabajo sin parar. Luego el otoño se retira sin hacer ruido, y los clientes con él. Llega el invierno, pesado y silencioso, el trabajo escasea y mis días se alargan…

El Vikingo, fiel a sí mismo, se preocupa por sus proyectos y me reprocha que no vaya a verle más a menudo. Pero no tengo medios para cambiar de país y satisfacer su impaciencia. Si hubiera desarrollado mi segunda actividad como estaba previsto, quizá habría podido trabajar a distancia.

Él — No tienes suficiente trabajo, vente conmigo.

Yo — ¡Encantada! En cuanto encuentre un curro. He echado currículums, pero, por lo visto, mis manos no hablan tu idioma lo bastante bien como para que las contraten.

Mientras tanto, llevo cinco años colaborando con un centro de talasoterapia, así que la jefa me ofrece un contrato indefinido. Mal pagado, eso sí, pero con nómina, junto al mar, a 10 minutos de casa, donde conozco a todo el mundo, compañeros majísimos, una clientela tranquilota: las hay peores.

Él — ¡No aceptes! ¡Te pagan el salario mínimo! ¡No voy a dejar que exploten a mi mujer! ¡Tienes 3 másteres, 20 años de experiencia, eres sénior!

Tiene razón, está mal pagado. Pero es su escala salarial. ¡Se entra con el mínimo, o nada! Puedo seguir de autónoma aparte. Es su especialidad: señalar donde duele e ignorar a propósito las ventajas para mí, que no pesan en “Su” balanza. ¡Con argumentos irrebatibles, a las tres de la madrugada, en inglés!

Él — Coge un trabajo de temporada en Francia. Tendrás vacaciones y vendrás a verme más a menudo. Podremos hacer planes.

Yo — Vale, ¡dicho y hecho! Encuentro un trabajo de temporada, mejor pagado, en la montaña.

Él — Pide una plaza para el drak-car, iré a verte para esquiar.

Conclusión: rechazo el mar, negocio, consigo la plaza, alquilo el piso, contrato una conserjería, bloqueo la agenda, aviso a mis clientes, hago las cajas y, en tres semanas, todo listo.

Pero la talaso tarda en pagarme el sueldo. Llamo, vuelvo a llamar, me presento allí y acabo dando con la de Recursos Humanos. Una jovencita nueva, recién contratada, que me mira por encima del hombro y me la intenta colar. Primera vez que me enfado en cinco años; lo odio, ¡casi tanto como que me tomen por tonta! Demasiado tarde: cinco años de buenos y leales servicios y de buen rollo, quemados en un cuarto de hora.

Balance: rechazo el indefinido, me peleo con Recursos Humanos, acepto un trabajo de temporada sin garantía de recuperar mi puesto a la vuelta. Por suerte, pequeña victoria, me voy con mi sueldo, pero no en la cuenta: en un cheque que hay que ingresar y que no se cobrará hasta dentro de una semana. No tengo una semana, me voy ya. (¡Excelente, este enésimo consejo! ¡Gracias!)

En la carretera, nos imagino en la montaña, él bajando las pistas a toda velocidad sobre un fondo blanco que centellea con mil purpurinas, mientras yo trabajo, para reencontrarnos por la noche junto al fuego. Música suave, risas felices, mimos calentitos bajo el edredón. ¡La felicidad!…

Pero, como tantas veces en la vida… la realidad no sigue el plan.

Capítulo 13 de la novela La hamaca y los colibríes: en una pista de esquí, Coraline en ropa de verano, escarchada del pelo a las rodillas y cubierta de carámbanos, castañetea los dientes mientras el Vikingo baja la pendiente detrás de ella, con los brazos en alto de alegría.

Pleno invierno. Conduce todo el día para venir a verme, mientras yo doy masajes hasta la noche. Tras ocho horas de carretera, y su GPS, que lo ha tenido media hora más dando vueltas por la nieve, por fin se planta aquí y espera un comité de bienvenida real. Evidentemente, nadie me avisa de que ha llegado. No tengo ni un segundo para mí, los masajes se encadenan, el móvil en la taquilla.

Se encuentra con un recepcionista muy diligente, al que toma por el jefe.

El recepcionista — Buenas tardes, señor, ¿en qué puedo ayudarle?

El Vikingo — ¿Es una broma? ¿Dónde están el champán y el confeti? ¡Ella debería estar aquí esperándome! ¡Soy su invitado!

El recepcionista no sabe de “quién” habla este extranjero. Con unas boots relucientes y camisa antiarrugas, el rubio alto lleva el ceño de lo más arrugado, pero eso es lo que menos le preocupa. Le importa un soberano pepino.

El recepcionista — Un momento, lo compruebo… ¿Cuál es su nombre, señor?

El Vikingo — Sverre af Haldorholm.

El recepcionista — No veo a nadie con ese nombre, señor.

Desde hace un mes, a todo el personal de temporada lo tienen requisado para terminar las obras del hotel, y encadenan horas extra sin cobrar. Él no firmó para esto. Así que, después del turno, ¡pide la cuenta! Total, que da media vuelta y se vuelve a trabajar sin mirarle siquiera, tras pasarle al Vikingo un vago plano de pistas.

Humillado por este recibimiento tan grosero, cansado del viaje, el Vikingo empieza a hervir. Harto de esperarme, el dragón se impacienta. Recién llegado, ya quiere irse. Lo alcanzo justo antes de que se marche. Me como la bronca del trotamundos cansado. Y comprendo que ese invierno va a parecerse muy poco a la calma que había imaginado… Pero me estrecha contra él, y cuentas saldadas.

Empieza el caos… Yo curro, él refunfuña. Yo hago horas extra, él echa humo. Cambian los turnos, él despotrica. Yo llego KO, él bebe cervezas. ¡Muchas!

¡Odio la montaña! ¡Solo con oír la palabra “montaña”, me quedo helada!


¡El domingo es Show!

El periodista — ¿Eres una máquina expendedora de consejos?

El Vikingo — De buenos consejos. Encontró un curro mejor pagado, ese era el objetivo.

La autora — Solo que cada uno de sus consejos crea un problema nuevo que el consejo siguiente pretende resolver.

El Vikingo — Eso es porque te infravaloras. En vez de decirles fuck y largarte. Nunca has sabido pelear.

La autora — Sí que sé: contra el frío, el hielo y la nieve. Odio la montaña. No hace falta alargarse.

El Vikingo — ¿Y por eso has hecho una saga?

El periodista — ¿Y qué le propones al lector?

La autora — Que escriba su cadena de «buenos consejos», hasta el absurdo*.

El periodista — Pasamos a lo siguiente.

La autora — ¿Seguro?

Una novela gratuita para leer en línea: bio, reciclada, ideal para encender la chimenea en las largas noches de invierno. Convierte el caos en una mina de oro creativa, los miedos en risas y a los lectores en creadores. Residuo cero. Muy ecológica.

Temas del capítulo

Llamas gemelas · una médium me dijo que me quiere · dice una cosa y la contraria · desde la barrera, todos son toreros · rechazar un contrato indefinido · trabajo de temporada en la montaña · odio la montaña