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La hamaca y los colibríes. Novela de Karine BaridonCapítulo 19 —
Monolargo
Epígrafes
Alexandre Astier — Kaamelott
No, yo creo que tiene que dejar de decir cosas… Podría matarle, creo… ¡de pena! Se lo juro, ¡que no está bien! ¡No puede seguir hablando con la gente!
Pierre Dac
Si solo dependiera de mí, siempre estaría de acuerdo conmigo mismo.
El texto
Traducción de trabajo, pendiente de revisión por un hablante nativo.
Debí desconfiar en cuanto oí su apodo de leyenda: «Lanza de Hierro», ¡muy maleable, para ser una punta afilada! Me dije: ¡este seguro que es un motor! ¡A la vanguardia del movimiento! (¡No sabía yo cuánta razón tenía!)
En cuanto lo pesqué, debí devolverlo enseguida al océano. ¡Pero no! Lo quise tanto que lo escuché durante horas y horas… ¡Error monumental! Escucharlo, porque habla todo el rato. Habla en la mesa, habla en la cama, en los atascos, en la ducha, ¡habla hasta dormido! Pero, sobre todo, se escucha hablar, ¡con su propia voz en off!
Me tomó por un soporte visual, un poste testigo, un aleteo de pestañas decorativo. Tras seis meses de asedio telefónico, me he convertido en una oreja ardiendo que vibra sin parar. Aguanto el cerco y el bloqueo a base de resistencia, pero estoy agotada.
¿Digo algo? Rebota, pero no sobre lo que he dicho, sino sobre lo que él habría dicho en mi lugar, y sigue él solito. Se entrena para el maratón verbal sin avituallamiento ni línea de meta. Yo corro detrás de él intentando seguirle la pista. Ese es mi error: ¡intentar entender adónde quiere ir a parar! Seguir con la nariz pegada al manillar, sin tomar ni pizca de distancia. ¡No hay que hacerlo! ¡Corro el doble que él! ¡Llego vacía, lavada y centrifugada! «La Groupie du pianiste»* es la palabra justa para mí, el título perfecto para mi libro.
3 h 33 de «monolargo» patrocinado por una marca de cerveza. ¡No pude meter baza! Le perdí la pista en el avituallamiento. Cuanto más corre, más pedo va, pero de palabras. Sus frases son tan laaaargas… que ya no tienen puntos. No, en serio, he buscado por todas partes: ¡todos los puntos se han largado! Parecen casetes de los años 80 que giran en bucle sin fin.
Ya un Vikingo que se escucha hablar tiene su mérito, pero un Vikingo que se cree «el Maestro de las Runas» en persona, ¡es el colmo! Hace todos los papeles: el Lector, el Consejo y todo el Thing él solito. ¡Frente a él, hasta los monstruos marinos capitulan!
Me pone la cabeza como un bombo manipulando la sintaxis inglesa, se admira a sí mismo y se ríe solo, dice una cosa y la contraria en la misma frase, ¡esa misma que empezó hace 3 h 33! Entretanto, ha pasado por toda la gama de emociones, ha dado todas las explicaciones. Hasta se ha inventado runas antiguas como prueba, para defender sus argumentos. El Maestro de las Runas se ha hartado y ha levantado la sesión, pero él sigue con su arenga. El Consejo de los Ancianos se ha largado a comer algo; no hay nada que hacer, él sigue con su perorata como si nada.
Dejé el auricular y, una hora después, lo comprobé: sigue hablando. Preparé la cena, comí, fregué los platos… ¡él sigue charlando, cotorreando, dándole a la lengua! Cuando me cepillé los dientes, le digo:
Yo — ¡Mira, es que estoy muy cansada!
¡Sigue, como si yo fuera muda! Fijo que me ha puesto en silencio, ¡ni me oye! Si no me ando con cuidado, me va a hacer perderme mi libro, así que insisto para que termine la frase. Obedece a regañadientes, pero el abejorro, que no tiene un pelo de tonto, se queda con la última palabra con un efecto de estilo:
Él — «Bla, bla, bla… ya ves que tengo razón.»
(Inspiro hondo.) Voy a ser sincera, no os voy a mentir. Francamente, a estas alturas de la noche, ¡sé perfectamente que es falso! Pero si se lo digo, va a arrancar otra vez en bucle para el 2.º asalto y me dan las uvas. Peor: ¡me va a hacer perderme la continuación de la trama! Y, sobre todo, necesito… ¡SILENCIO! Porque me ha frito el cerebro con su ruido de fondo…
Así que capitulo, me retiro, como en el póker, ante el loro del Thing, que me ha ganado por agotamiento con su TED Talk. Pero elijo un término medio, ¡dignidad obliga!
Yo — Mmm, mmm (Ni sí ni no) Good night, my love! Clic.
¡Uf! Me arden las sienes, los oídos todavía me vibran, el dolor de cabeza me aprieta el cerebro como un tornillo de banco, ¡y eso que el que ha bebido es él!
¡Tilín! ¡Revelación! ¡Por eso se entrena! El niño grande no quiere irse a la cama por miedo a tener pesadillas. Así que habla mucho para beber todavía más. Espera a estar completamente borracho para dormirse hablando.
Por mi parte, considero que, después de escucharlo durante 3 h 33, me toca a mí. Así que abro la boca, pero ni he terminado mi minuto reglamentario cuando ya está roncando en el auricular.
Yo — ¿Hola?…
Ya no me contesta, duerme el sueño de los justos. ¡Es frustrante, no te puedes imaginar! ¡Siempre me hace la misma jugada! ¡Y yo vuelvo a caer como una pardilla! ¿Y al día siguiente? ¡Se le ha olvidado todo! Insultos, maldades y demás lindezas que me ha tirado a la cara.
Él — ¿De qué hablas?
Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Doble personalidad.
Cada noche, dice «¿Hola?» para lanzar su grito de guerra: «¡Al asalto!», seguido de 3 h 33 de asedio sonoro. ¡Habla más que un loro y va más borracho que una cuba!
¡Tilín! ¡Por fin acabo de entender lo que quiere decir su apodo! ¡Lanza de Hierro me lanza sus lanzas de hierro y sus planchas de hierro en toda la cabeza! ¡Mi oreja vibra con el impacto!
Visto con perspectiva, «¡A la carga!» tiene su gracia, porque, lo que es él, ¡va bien cargado!
¡El domingo es Show!
El periodista — ¿Has transformado el conflicto en una «obra» literaria?
La autora — Imposible: ¡el conflicto amoroso está más visto que el tebeo desde Adán y Eva! Y el arte es lo que nunca se ha hecho antes.
El Vikingo — Desde luego, ninguna posibilidad de hacerse viral con eso. Tiene cero intriga. ¡Y hay que recordar que no es más que una sarta de mentiras!
La autora — Gracias por la promo: con amigos así, ¿quién necesita enemigos?
El Vikingo — De nada, te abro los ojos por pura caridad, para que no te lleves una decepción demasiado grande.
La autora — ¡Siempre he podido contar contigo!
El Vikingo — ¡Hay que ser realista! Tu visión es muy egocéntrica: eres la única mano de obra de tu obra en negro. Te pasas el día mirándote el ombligo y transformando tus emociones las 24 horas, porque nunca sales de casa. Pero por mucho que te pongas manos a la obra, con tu legendario sentido de los negocios, lo tuyo es más bien una obra de caridad, así que tú obra, ¡y salga lo que salga! Pero te queremos, ¡así que nos quedamos contigo!
La autora — ¡Ya me había dado cuenta! ¡Lo que haces sobre todo es no quitarme ojo! ¡Next!
(Se vuelve hacia el periodista.) Hazme una pregunta rápido, si no, ya no habrá quien lo pare.
El periodista — Creo que hiciste una tesis sobre el tema, ¿no?
La autora — Efectivamente, tras analizar el corpus de datos, ¡los resultados son reveladores! Sobrio, habla con lógica. Con alcohol, su lógica ve un programa tranquilo mientras sus emociones y su instinto de supervivencia* se ponen una peli de guerra en bucle. Claro, al día siguiente no se acuerda, ¡porque no estaba viendo la misma cadena! ¡Lo llamé el síndrome del Dr. Jekyll y Mr. Hyde! Ese era mi error: buscar su lógica en la cadena equivocada. Mi única salida: ¡colgar el teléfono! (Me costó lo mío entenderlo.)
El periodista — ¿Por qué tanta cerveza?
El Vikingo — La cerveza es nuestro hidromiel, ¡una tradición vikinga arraigada desde hace generaciones! Me ayuda a articular mi discurso filosófico.
La autora — Muy filosófico, en efecto: «Ves, tengo razón.»
El Vikingo — Eso es un axioma universal.
La autora — Cree que bebe para evitar su miedo. Pasa justo lo contrario. El miedo sale cuando su lógica se duerme. ¡Es la pescadilla que se muerde la cola! C. Q. D. Con la cerveza como gasolina, Pac-Man se lanza por la autopista de sus miedos y dispara sin parar a todo lo que se mueve, sobre todo a mí, durante 3 h 33, ¡durante seis meses! Se entiende que me tenga mareada, ¡y eso que yo no he bebido nada!
El Vikingo (deja su cerveza) — ¡Os paro ahí mismo! Yo, si me callo, pienso. Y si pienso, entro en pánico. Así que hablo. Es entrenamiento, para mantener la resistencia.
La autora — ¡La resistencia de tu hígado, sobre todo! El mismísimo Odín te retó a ver quién de los dos bebía más. ¡A estas horas todavía sigue rodando bajo la mesa!
El Vikingo — No entiendes nada, ¡soy un poeta! Cada cerveza es una meditación; cada trago, un poema épico. ¡Cuando se quiere, no se cuenta!
La autora — ¡Yo sí! Y los resultados cuantificados son tajantes: se ha bebido 4026 cervezas, 1329 litros, 44 barriles, 6 barricas, 2 toneles y medio, o sea, 2,6 toneladas, a razón de 22 cervezas por noche, ¡o sea, 1 cerveza cada 10 minutos!
El periodista — ¡A estas alturas, es una cervecería humana!
La autora — ¡Exactamente! Lo he comprobado: los gigantes tienen un sistema digestivo equivalente al de una fábrica de lúpulo. Se mete más cerveza que un bar durante una happy hour. Suficiente para hacer cantar a un ejército o dormir a un pueblo…
El periodista — ¡Ahora se entiende que duerma como un tronco después de 3 h 33!
El Vikingo — Las estadísticas, ¡menudo chiste! ¡La única ciencia exacta a la que se le hace decir lo que uno quiere! Eres disléxica del tiempo, ¡no sabes contar! Los números son estratégicos, ¡solo sirven para impresionar al adversario!
La autora — ¡Sí, claro, ya…! Construyes un muro de cervezas alrededor de tu campamento y luchas dentro. Después de 22 cervezas, cantas canciones épicas a tu ariete y te das cabezazos contra el muro, creyendo a pies juntillas que tu enemiga soy yo. ¡Y te duermes en mitad de tu asedio emocional!
El Vikingo — ¡Pero yo, al menos, soy romántico!
Venga, brindemos: «¡Por el amor a la cerveza y al combate!»
La autora — «¡Por tu hígado valiente y mi cerebro frito!»
El periodista — Es verdad que 183 días, ¡hay que aguantarlos!
La autora — ¡Reclamo una medalla y días de asuntos propios emocionales!
El Vikingo — ¡Yo quería que nos quisiéramos intensamente! Tres horas al día es normal para una pareja.
La autora — ¡Normal para una tortura psicológica en Guantánamo, sí! ¡No para una «conversación de amor» que acaba en coma etílico!
El periodista — ¿Eras consciente de que ella participaba en la conversación?
El Vikingo — Técnicamente, bastaba con que me interrumpiera.
El periodista — Como experto en verborrea, ¡podrías haber abierto una cervecería-teatro!
El Vikingo — Es verdad, soy un orador, ¡un trovador del verbo!
La autora — Yo diría más bien Radio Vikingo FM, volumen al 200 %, las 24 horas, los 7 días de la semana, anuncios incluidos.
El periodista — ¿Y qué hiciste para contrarrestar el hechizo del verbo sin fin?
La autora — Invoqué el conjuro sagrado: «Tú sigue. Yo lo dejo.» Y lo dejé solo frente a su eco.
El Vikingo (se enfurruña) — Podrías haberme dejado acabar mi punto.
La autora — ¡Era un círculo sin fin!
El periodista — ¿Por qué le contestabas?
La autora — Deformación profesional. Escuchar, intentar entender, tratar de hacer tomar conciencia. En mi trabajo funciona muy bien. Con un Vikingo a las 3 de la madrugada y cuatro cervezas de ventaja, ¡la tasa de éxito es más discutible!
El Vikingo — Hicimos una tregua, nos volvimos a ver en el Bas-Valhalla, el invierno era romántico, hicimos las paces…
La autora — ¡Menos mal! Sin alto el fuego, ¡yo estaba en las últimas! En aquella época, me decía: «Soy libre, yo decido.» ¡Anda ya! Solo estaba agotada después de aquel maratón, ¡no se lo deseo a nadie!
El Vikingo — ¡Quería que lucharas por mí!
La autora — Y yo solo quería vivir en paz contigo, ¡sutil matiz! Pero, a ser posible, no en tu iglú de la angustia, ¡romántico como un congelador con wifi!
El periodista — Ahora que ha pasado la ola de frío, ¿cómo va el deshielo?
La autora — Sobreviví a un invierno vikingo sin huir a Laponia. Conclusión: no tiene nada de glorioso resistir si era para agotarme. Estábamos en un bucle sin fin: él insistía en que me fuera a vivir con él, sin trabajar, quería mantenerme. Yo tenía miedo de depender de él. Cuanto más insistía, más retrocedía yo, y más miedo tenía él de perderme. ¡Era totalmente contraproducente!
El periodista — ¿Y hoy?
La autora — Hoy, se acabó el saco de boxeo ansioso-evitativo. ¡Si no es sencillo, no es para mí!
El periodista — Moraleja: si el ariete derriba la puerta… siempre se puede salir por la ventana.
El Vikingo — ¡Por fin te va entrando! Gracias a mí, ¡aprendes a decir que no! Venga, no vamos a seguir enfadados. ¡Venid a tomar una última copa conmigo después del programa para firmar el acuerdo de paz!
La autora — ¿Has dicho «PAZ»? ¡Firmo ahora mismo, si marcas la casilla «monólogo excluido»! Pero desconfío de tus cambios de humor, Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Serías capaz de sacarme del contrato, sin escrúpulos, una clausulita bien escondida que solo de pensarlo me sienta como una purga. Del tipo «lo siento, baby, pero no nos queremos de verdad». Voy a hacer que retiren tu libro de las estanterías para que no me desacredites, y a reclamarte daños y perjuicios.
El Vikingo — ¡Claro, como eres tan famosa! ¿Quién será el más megalómano de los dos? Bates todos los récords, pareces mi padre: Narciso bis, ¡cine y publicidad! (Carga las tintas, burlón.) Por cierto, con lo que gane en el juicio, haré una película en la que, evidentemente, tendré el papel principal. Las aspirantes a estrella se pelearán por ser mi pareja. ¡Y te obligaré a cambiar el final de la historia para que tenga un happy end!
El periodista — Pero ¿por qué demonios estás aquí, si no quieres que nadie lea su novela?
El Vikingo — ¡Se te va la olla! Conmigo, su libro tiene potencial: ¡todo lo que toco lo convierto en oro! Como siempre he dicho: yo primero cobro la pasta y luego me llevo los beneficios de las adaptaciones. Doy fe: ¡no tiene ningún sentido de los negocios!
El periodista (les sigue el juego) — Dicen que, detrás de tu tapadera de «profe de yoga», llevas un buen negocio, ¿no?
El Vikingo — Efectivamente, hacer una película no supondrá ningún problema: me ocupo de los contratos de los mayores éxitos de cine de estos últimos años. Tengo contactos: ¡el primo de «El Hacha» puede presionar a James Cameron!
La autora — ¿En serio? ¡Qué amable!
El Vikingo — No, es solo un adelanto a cuenta de la comisión, ¡eso se llama hacer negocios!
La autora — ¡Oh, qué romántico!
El Vikingo — No, ¡qué lucrativo! Tengo un tren de vida que mantener. La semana que viene voy a hacer una regata en Sídney. ¿Y tú qué tal con tu salario mínimo? ¿Has conseguido alcanzarlo? Si te pasas el día escribiendo en vez de currar, ¡no tiene pinta de que vaya a pasar!
La autora — Ya que por fin he podido meter baza, ¡me he desahogado!
El periodista — Y tú, ¿qué le propones al lector?
La autora — Que escriba un monólogo de tres horas en cinco líneas*.
El Vikingo — ¿Cinco líneas? ¿Estás de broma? ¡Con los 47 capítulos que has escrito!
¡Hay que soltar, nena!
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Temas del capítulo
hablar sin parar: el monólogo al teléfono · pareja que bebe demasiado · no poder meter baza · al día siguiente no se acuerda de nada · el bucle ansioso-evitativo · aprender a colgar el teléfono